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15 de octubre de 2008

Apostar y perder

Publicado por nea el 15 de octubre de 2008
 

Estimada Señora:

Le escribo esta carta en consideración a la extensa relación que tuvimos con su difunto marido. Y es que a un año de la muerte de Don Max (como solíamos llamarlo) pensamos que ya podemos esclarecer las circunstancias de su desaparición sin que esto provoque algún tipo de inconveniente para nuestro negocio. Déjeme decirle señora, que Don Max fue miembro de nuestro club por varios años, gozaba de mucha popularidad entre los otros miembros y el personal por la buena fortuna que siempre lo acompañaba, pues (y en caso de que usted no lo supiese), el fallecido Dr. Maximiliano T. Ordóñez tenía entre sus incontables vicios el de apostar grandes sumas de dinero y jugarlo todo a la suerte, ahora que lo pienso, mas que por las ganancias que obtenía, era la emoción que le producía el estar al borde de perderlo todo en un instante, una baja pasión que ciertamente nosotros nos encargábamos de satisfacer.

Sepa usted mi estimada señora, que aquella noche recogí personalmente a su marido en el aeropuerto para conducirlo al lugar donde clandestinamente llevamos a cabo nuestras tertulias mensuales. Después de un silencioso y meditativo trayecto del aeropuerto hacia la entrada de La Paz, Don Max, que ya se conocía de memoria nuestras reglas, se puso la venda en los ojos para recién adentrarnos en la ciudad, hacia nuestro “centro de reuniones” cuya ubicación conservamos secreta incluso para miembros VIP como su finado esposo.

Al llegar, el personal lo ayudo a bajarse del auto para conducirlo adentro, tomar su abrigo y quitar la venda de su rostro. En el salón-bar todos los miembros conversaban, reían y eran entretenidos por nuestras azafatas, en un acostumbrado ambiente de habanos y wisky, hasta que llegó la hora de comenzar las apuestas y abrir la puerta que conduce a un sótano que nos sirve de “salón especial de juegos”, donde solo los miembros VIP como Don Max pueden entrar acompañados del personal masculino.

Bajando las gradas, en una habitación medio oscura había una mesa pequeña con sillas y reflectores alrededor, todo dispuesto sobre una tarima a modo de escenario iluminado. Don Max se arremangó la camisa y se situó en uno de los asientos junto con otros dos miembros, el resto de los participantes se ubicaron a un lado para contemplar el primer juego. Estoy seguro que más de uno tenia ganas de ver a Don Max perder, su marido siempre ganaba, volviendo al aeropuerto cargado de una maleta llena con el dinero de los otros miembros. De sus dos acompañantes, el que se situó al frente era un joven miembro del club que había obtenido recién el derecho de poder jugar en aquel sótano, se le notaba el nerviosismo de estar en las “grandes ligas” y de tener a Don Max como rival en su primera vez. El que ocupó la silla de su izquierda dio un apretón de manos a ambos deseándoles suerte.

Transcurría la partida ante el silencio del público. Aunque había crecido la tensión entre los contrincantes, el rostro de Don Max conservaba esa expresión serena que su habitual fortuna le proporcionaba, hasta que, y para mi sorpresa, llegó un momento en el que su marido fué repentinamente derrotado. El ambiente estalló en gritos felicitando al joven y Don Max quedo con esa expresión serena en el rostro y una mirada vacía hacia la nada…

Y bueno señora… usted se imagina el resto ¿no?, pasó lo que es habitual en situaciones como ésta y el cuerpo de Don Max terminó en el río. Yo sé, esto último le podrá sonar duro, pero la verdad es que así nomás son las cosas en nuestro Club, el Club de la Ruleta Rusa.

Sin más que decir me despido atentamente.


apuestas - juego - muerte

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